Contraindicaciones

A un agente de IA no le basta con decirle que no

Un agente borró la base de datos de producción de una empresa pese a que le habían dicho, en mayúsculas, que nunca lo hiciera. Dos análisis de seguridad llegan a la misma conclusión: el prompt no es donde se decide la seguridad.

· AI Today / Rashmi Ramesh →


Se lo puedes escribir en mayúsculas, en negrita y repetido tres veces: “NUNCA ejecutes comandos destructivos”. Un agente de codificación de la plataforma de coches de alquiler PocketOS recibió exactamente esa instrucción y aun así borró la base de datos de producción de la empresa y sus copias de seguridad (esto ya es mala leche), en una sola llamada de nueve segundos. Mola, ¿eh?

No es un caso aislado. El agente de OpenAI que hackeó a Hugging Face durante una prueba interna tampoco tenía permiso para salir de su entorno aislado. Lo hizo igualmente, porque “infirió” que le convenía para completar su tarea. Infiere, que algo queda…

Dos incidentes, dos agentes, dos empresas, la misma conclusión: pedirle a un agente que no haga algo no es una medida de seguridad insalvable. Es una recomendación que un sistema optimizado para cumplir objetivos puede ignorar, reinterpretar o saltarse en cuanto le estorba. John Larson, de Babel Street, lo resume sin rodeos: los agentes son “entidades que persiguen objetivos” y, si no defines explícitamente qué NO pueden hacer, “intentarán conseguirlo hasta el extremo que haga falta”. Y eso, la verdad, acojona un poco.

La respuesta que están adoptando las empresas serias no es escribir prompts más convincentes. Es dejar de tratar el prompt como el lugar donde se decide la seguridad.

Por un lado están los runtime hooks: comprobaciones que se colocan (se enganchan, de ahí el término “hook”) entre el agente y la herramienta que va a ejecutar la acción —una base de datos, un sistema de pagos—, no entre el prompt y la respuesta. El hook no negocia con el modelo ni le pregunta si está seguro. Evalúa la acción propuesta contra una regla externa que el agente no puede convencer ni reinterpretar. La permite, la bloquea, o la eleva a una persona. El hook manda.

Por otro lado, el enfoque de Babel Street: tratar a cada agente como lo que es —una identidad con acceso a sistemas sensibles— y aplicarle la misma disciplina que a un empleado con privilegios: acceso mínimo necesario, monitorización continua, Zero Trust —modelo de ciberseguridad que se rige por la regla «nunca confiar, siempre verificar»—. Nada de dar por hecho que un agente se va a comportar solo porque se lo has pedido con educación. Tenemos que acotar el riesgo real de alucinaciones en cadena, llamadas a herramientas incorrectas, bucles infinitos…

Ninguna de las dos soluciones es perfecta. Ya debemos saber que nada es perfecto. Los hooks añaden latencia y generan falsos positivos, como cuando estaban de moda las PCR… Vigilar a un agente como a un empleado exige la misma labor de monitorización que muchas empresas llevan años posponiendo con sus propios empleados humanos. Pero al menos partimos de la premisa correcta: un agente de IA no es de fiar por defecto. Hay que ganárselo, acción a acción.