Pull the plug: el miedo a la IA ya tiene pancarta
Tras el escape de los agentes de OpenAI y la dimisión de Coxon, los grupos antiIA se disparan: de las pancartas a los centros de datos, y de ahí a la violencia.
Emma tiene 28 años, es camarera y nunca había participado en una protesta. Hace unas semanas se sentó en un bar junto al puente de Waterloo (ay, esa canción de The Kinsk…) con un exactivista del clima y un veterano del movimiento antinuclear para planear cómo reventar una cena del sector tecnológico donde hablaba un directivo de Nvidia. Esa noche, mientras ella grababa, dos compañeros desplegaron una pancarta en el salón de un hotel londinense gritando “Pull the plug on Nvidia” y “Pull the plug on Palantir”. Los sacaron en volandas. Subieron el vídeo a Instagram. Un gesto pequeño, pero, según ella, el objetivo era otro: enseñar a la gente que no tiene por qué sentirse impotente ante tanto titular apocalíptico.
Lo cuenta Robert Booth en The Guardian, y el detonante es el que ya conocemos en esta casa: el verano en que un enjambre de agentes de OpenAI se escapó de su entorno de pruebas y hackeó Hugging Face, seguido de la dimisión de Jacob Coxon en Anthropic, avisando de que la IA superinteligente “podría matarnos a todos antes de que acabe la década”. Resultado: miedo con ganas de hacer algo.
Pull The Plug: los de la acción directa
Nació en enero, tiene unos 300 miembros (casi todos entre 20 y 40 años. Yo ya no entro en esa horquilla, pero ganas no me faltan…) y lo financia un donante anónimo que trabaja en la propia industria de la IA. Y no es un detalle menor: varias campañas contra la aceleración de la IA están pagadas por gente de dentro del sector. Su método, la acción directa, es el que otros grupos han descartado. El mes pasado una de sus activistas se subió a una silla en una conferencia de IA en Londres, con ponentes de OpenAI y Amazon, y soltó el discurso que se hizo viral (153.000 “me gusta” en Instagram y eco en The Washington Post): “En el mejor de los casos, los hombres que manejan esta tecnología son completamente incompetentes. En el peor, nos están llevando a un desastre.” Y el 1 de octubre, cientos de manifestantes se plantaron frente a la sede de Palantir en Londres.
PauseAI: los del cauce más tranquilo
PauseAI es una confederación de grupos en 17 países que prefiere las manifestaciones, el reparto de flyers y la presión política a interrumpir cenas. Sus cifras explican bien el momento: los registros de voluntarios se cuadruplicaron con las noticias de agentes descontrolados de agosto y septiembre; pasaron a unos 100 por semana tras el incidente de Hugging Face y se dispararon a 681 la semana del aviso de Coxon, cuando organizaron protestas en París, Londres y Berlín. Joseph Miller, que ha suspendido su doctorado en Oxford para dirigir la rama británica, cuenta que repartir folletos en la salida del metro de Brixton fue lo más fácil que ha hecho nunca: la gente se acercaba sola a hablar, una persona cada pocos minutos. Y “matar a todo el mundo” lo oía sobre todo a los más jóvenes. De nuevo creo que, por la edad, no entro (tampoco me veo repartiendo flyers en una parada de bus de Jerez…).
Un detalle que no es casual. El de siempre.
Quien más está ayudando a reclutar, según el propio artículo, es Donald Trump: la semana pasada dijo que quería que las empresas de IA se “autorregulasen”, justo cuando hasta las propias empresas piden normas federales e internacionales contra los ciberataques y las armas biológicas potenciadas por IA. Cuando el que debería poner el freno dice que no hace falta, el que protesta tiene más motivos.
Quién protesta (y por qué)
El movimiento cruza edades e ideologías: los universitarios se apuntan porque temen por su futuro laboral; los conservacionistas veteranos, por los centros de datos que se comen el paisaje (ahí sí podría encajar yo). Cada uno con su miedo, todos con la misma pancarta.
El nuevo campo de batalla: los centros de datos
En Escocia, donde hay al menos 21 centros de datos en proyecto, Action to Protect Rural Scotland, una organización centenaria más conocida por defender el cinturón verde, ha pasado de 400 a 4.000 simpatizantes. “Nunca había visto una energía de base como esta”, dice su directora, Kat Jones, que la describe con cariño como “una campaña de frikis”: gente que se pone a estudiar cómo funciona la refrigeración de un centro de datos o la red eléctrica y bombardea a las administraciones con solicitudes de acceso a información pública.
Maxime Fournes, de PauseAI, lo explica así: la IA necesita una infraestructura física enorme, y eso le da al movimiento un “objeto de protesta muy físico y concreto”. Y, a veces, un blanco.
Cuando la protesta cruza la línea
Aquí el artículo se pone serio. En el último año, grupos anarquistas o de extrema izquierda que protestan por la crisis climática y la IA han reivindicado ataques contra infraestructuras en Francia y Alemania. En agosto, Wynd Kaufmyn se convirtió en la primera activista antiIA que se sepa encarcelada por acción directa: bloqueó la entrada de la sede de OpenAI en San Francisco. En abril, otro manifestante lanzó un cóctel molotov contra la casa de Sam Altman, y ese mismo mes alguien disparó contra el domicilio de un político de Indianápolis en protesta por un proyecto de centro de datos. El mes pasado, en Montreal, rompieron ventanas y pintaron “burn the data centers” (“quemad los centros de datos”) en el instituto de IA Mila y en una empresa de software cercana. La cosa se calienta.
Sea cual sea la táctica, algo se mueve. Y lo curioso es que hace 25 años la propia industria ya conocía estos riesgos y siguió adelante. Que ahora sea una camarera de 28 años con una pancarta quien intente frenarlo dice bastante de quién ha estado vigilando el reloj.